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En medio del debate sobre las pensiones, justo es recapacitar sobre las aportaciones, a veces poco valoradas, que la tercera edad presta a su entorno familiar y social.

Es característica de este sector su disposición a prestar ayuda, incluso ayuda económica si es preciso. Ha sido notable durante los años de crisis el esfuerzo de muchos mayores “para estirar hasta el imposible sus pensiones”, como hace poco señalaba Mikel Iturbe (HERALDO, 25 de febrero, pág. 29). Una encuesta del CIS (2015), en época de crisis, se propuso valorar la “contribución de los ancianos a la sociedad” y en ella se reveló que la ayuda económica del anciano fue la contribución más señalada por los encuestados. Así mismo, otros resultados de la encuesta mostraron que mantener unida a la familia, dar apoyo emocional y cuidar a familiares se consideraban aportaciones notables del anciano a la sociedad. Claro, todas estas y otras aportaciones sería difícil valorarlas en términos económicos. Pero suponen indudablemente un importante beneficio (generalmente no visible) para el entorno familiar y social del mayor.

Ahora bien, para que ese beneficio siga produciéndose, es preciso, por una parte, una actitud positiva de cada uno de nosotros y, por otra, un cambio de sensibilidad social.

La actitud positiva que necesitamos se traduce en aceptar e incluso aprovechar las crisis personales que conlleva el envejecimiento. Me refiero a las que el gerontólogo Jacques Laforest ha identificado como crisis de identidad, de autonomía y de pertenencia. La primera de ellas, la de identidad, puede sobrevenir como consecuencia de la comparación entre nuestra realidad de persona mayor y lo que nosotros mismos consideramos como ideal. Es el caso de la señora que, añorando sus encantos, contaba a sus amigas cómo la miraban cuando tenía unas preciosas piernas. “Ahora en cambio tengo… extremidades”, decía con nostalgia. Está claro que es conveniente no centrarse solo en cualidades que han ido a menos, sino reparar en aquellas que se conservan o que incluso mejoran con la edad.

La segunda de las crisis es la de autonomía, la que deriva de actividades que antes realizábamos y ahora no podemos llevar a cabo. Esta situación requiere que nos apliquemos a aquello que podamos hacer a pesar del paso del tiempo; son muchas las posibilidades.

La tercera de las crisis citadas, la de pertenencia, la desencadena a veces la jubilación. Dejamos de pertenecer a nuestros colectivos profesionales. Pero es preciso que nos fijemos ahora en otros colectivos a los que incorporarnos (voluntariado, sociedades o clubes donde desarrollar nuestras capacidades o aficiones). En resumen, necesitamos reforzar nuestra actitud positiva ante las realidades que nos trae el paso del tiempo.

Pero la sociedad en conjunto tiene también algo que cambiar. Es preciso eliminar prejuicios, como el de suponer que con los años el anciano ha perdido la capacidad de llevar a cabo o de enjuiciar cualquier asunto. Es una forma de discriminación, por motivo de la edad, que sutilmente cala en el conjunto de la sociedad. Acierta en cambio quien aprecia el valor de la experiencia y del consejo. El mayor merece una pensión digna, pero también la dignidad que le corresponde por serlo.